VALENCIA Y MALLORCA


VALENCIA Y MALLORCA

 VALLAS DEL TORO EN VALENCIA

1.- VILLAGORDO DEL CABRIEL N-III P.K. 247.600

2.- EL REBOLLAR N-III  P.K. 289.500

3.- EL TORO DE LA UNIVERSIDAD POLITÉCNICA  

4. TABERNES DE VALLDIGNA N-332, P.K.152


1.- VILLAGORDO DEL CABRIEL  N-III P.K. 247.600
























Situado en el margen derecho de la N-III en dirección Madrid, esta valla se alza sobre un sólido soporte de piedra, un detalle distintivo que no todas lucen con tanto orgullo.



He recorrido el tramo que une El Rebollar con Villagordo del Cabriel por la antigua Nacional III. Aquella carretera que en los años noventa se colapsaba de madrileños rumbo a la playa, hoy es un paraíso para los motoristas. Su trazado sinuoso y sus paisajes la han convertido en una joya olvidada. Valga la expresión “no la pisa ni Dios” para describir la soledad que la envuelve, una soledad que lejos de restarle, la engrandece. Es, en definitiva, una espléndida vía para quien sepa disfrutar del viaje sin prisas.

El TORO de Villagordo del Cabriel es conocido por su cercanía a un depósito y unas antenas que le sirven de compañía. Se encuentra más próximo a la antigua N-III que a la veloz A-III, lo que lo mantiene al margen del bullicio y de las miradas fugaces de los automovilistas. Sin embargo, su silueta oscura no pasa desapercibida desde las estaciones de servicio cercanas al pueblo.

 


 Se puede visitar sin dificultad. Una carretera lleva hasta un merendero cercano, desde el cual es posible acercarse a la valla. Una vez junto a ella, si elevamos la vista, el horizonte nos regala unas panorámicas espectaculares de la tierra valenciana. Un lugar ideal para detenerse, respirar, y dejar que el tiempo se detenga por unos instantes bajo la mirada del TORO.

     VILLAGORDO DEL CABRIEL  N-III P.K. 247.600











2.- EL REBOLLAR N-III  P.K. 289.500

El Toro del Viñedo

Situado en el margen derecho dirección Valencia.

Siempre que viajo procuro evitar las grandes autovías. Prefiero circular por carreteras secundarias, de doble sentido, con más calma que prisa. Tienen un encanto especial, sobre todo si disfrutas realmente de conducir. La N-322 es una de esas rutas: con sus rectas extensas, sus curvas abiertas y paisajes que atrapan la mirada.

Para llegar a Requena y El Rebollar, donde se encuentra esta valla del Toro, he recorrido esos caminos con calma. La estructura está próxima a un aeródromo y cuenta con buenos accesos, lo que augura buenas fotografías.


El Toro de El Rebollar se alza al borde de una pendiente. Si vienes desde Madrid, lo verás encumbrado en el margen derecho, envuelto por una densa masa arbórea. Es, sin duda, la mejor vista. En sentido inverso, cuesta más descubrirlo, aunque el terreno sea más llano. El secreto —o la sorpresa— de esta ubicación no se revela hasta que te acercas realmente a ella: entonces descubres que se encuentra en mitad de un viñedo.




Circulando por las carreteras secundarias paralelas a la autovía, ya más próximo al TORO, me doy cuenta de lo verde que está todo. Un verdor que no se intuye desde la velocidad de la autovía. Acabo en medio de las viñas. Al otro extremo del campo, el TORO. Las cepas llegan hasta sus patas. Allá donde mires, hay uvas. La sensación es de paz, de una calma fértil.

A diferencia de otras estructuras expuestas al castigo del sol, los vientos o los terraplenes secos, esta goza de sombra, gracias a los árboles que la flanquean, y del frescor de las viñas. El momento de la visita coincide con la recogida del fruto. La uva, espléndida en tamaño y color, aguarda su corte. Aquí el TORO no solo vigila: también participa, callado y solemne, de una tierra generosa.




    Aeródromo

     EL REBOLLAR N-III  P.K. 289.500







                                                                                           




3.- EL TORO DE LA UNIVERSIDAD POLITÉCNICA

VALENCIA

Avda. del Tarongers, antigua de los Naranjos.



Este icono fue cedido a la Universidad como consecuencia de la Ley de Carreteras de 1988, que obligó a retirar numerosas vallas publicitarias del entorno vial. Lejos de desaparecer, esta estructura encontró nuevo hogar en la entrada de la Universidad Politécnica, donde se alza como un símbolo de otro tiempo.

Sin embargo, muchas personas —por desconocimiento— interpretan erróneamente esta figura como una exaltación de la tauromaquia, generando un rechazo equivocado hacia lo que en realidad fue: una simple valla publicitaria, convertida con los años en icono cultural.

Hoy, esta silueta negra está protegida como bien cultural y artístico. Y no es casualidad. Ya sea por el acierto de su diseño, por la forma en que se integró en el paisaje, o por el cariño con que fue adoptada por la ciudadanía, lo cierto es que ha trascendido su propósito original.

El tiempo y los reconocimientos lo avalan. Este TORO fue intervenido por el artista Keith Haring. Ha formado parte de exposiciones fotográficas itinerantes comisariadas por Larry Mangino. Fue protagonista en la Feria Internacional de Arte Contemporáneo (ARCO). Además, fue elegido como el diseño más representativo del siglo XX por los socios del Fomento de las Artes Decorativas.

En su 50º aniversario, fue reinterpretado y decorado por diversas personalidades del arte y la cultura. Y aún hoy, su figura sigue apareciendo en exposiciones y eventos dedicados al arte gráfico.

  

 

Lamentablemente, también sirve de lienzo para todo tipo de mensajes y quejas, utilizado como tablón improvisado de reivindicaciones sociales o políticas. Aun así, se mantiene en pie, firme, como testigo de las transformaciones culturales del país y como símbolo de identidad para muchos.







 

   El Toro de la Universidad Politécnica











4.-TABERNES DE VALLDIGNA N-332, P.K.152

Margen izquierdo dirección Alicante

 El Toro Cítrico




Al pie del cerro donde se encuentra encaramado el TORO de Tavernes de la Valldigna, se extiende un huerto de naranjos. En otoño, sus hojas muestran un verde intenso que resalta aún más bajo la luz suave de la estación. Las naranjas, aún verdes, cuelgan pesadas de las ramas, en plena formación, esperando su maduración definitiva. Para alguien ajeno al mundo agrícola, podrían parecer limones por su color, pero no lo son. Son promesas de jugo dulce, de desayunos mediterráneos, de tardes al sol.

Caminar entre los árboles es una experiencia sensorial. El aroma cítrico es penetrante y fresco, y contrasta bruscamente con el olor de asfalto y gasolina que traigo conmigo después de tantos kilómetros de carretera. Aquí todo huele a tierra húmeda, a vida, a fruta.

El TORO, desde lo alto, observa este paisaje con su elegancia inmóvil. Parece vigilar los campos, como si custodiara la esencia agrícola de la comarca. El contraste entre el mundo del motor y el del cultivo es evidente, pero aquí conviven en armonía. La figura negra del TORO se recorta sobre el cielo, mientras abajo, el verde de los naranjos lo envuelve todo.

Valencia es tierra de zumos y horchata, de paellas y cítricos, de playas amplias y pueblos tranquilos. Como dicen algunos viajeros bohemios: “no hay que irse muy lejos para encontrar pequeños paraísos”. Y en este rincón, con el rugido apagado de la moto a un lado y el susurro del huerto al otro, me parece que han dado en el clavo.

 



     TABERNES DE VALLDIGNA N-332, P.K.152






     TABERNES DE VALLDIGNA N-332, P.K.152





ISLAS BALEARES MALLORCA
 
La Algaida, Palma , 
Ma- 14 Km 24 
 


 

El Toro sobrasada

Son las tres de la tarde y aún estoy en casa —y cuando digo casa, me refiero a Alcalá de Henares—. A trescientos setenta y cinco kilómetros me espera un ferry que me llevará a Palma; zarpa a las diez de la noche, así que mi moto y yo pasaremos la noche sobre el Mediterráneo.

Qué fantástico es volver a sentir ese nudo en el estómago sabiendo que quedan muchos kilómetros por delante. Otra vez contra reloj. Salgo de la ciudad, atravieso Campo Real y me incorporo a la A-3. Nada más hacerlo, lleno el depósito: tanque lleno, corazón contento.

El siguiente repostaje será dentro de doscientos kilómetros, y para entonces estaré más cerca de ese barco que me llevará hasta Algaida, donde se encuentra la única valla del Toro de Baleares. Una de esas tres vallas extra peninsulares. Una valla en medio de una isla… o en medio de flores, según se mire.

Aún hace frío para rodar a mi gusto, y se acentúa cuanto más me acerco a Valencia. He salido algo confiado con el equipo, así que recurro al traje de agua para frenar el viento que se cuela entre las piernas.

Es mi primera valla fuera de la península. Para mí, es una pequeña gran aventura, otro motivo para seguir rodando y descubriendo mi país. Voy con la ilusión de siempre, como si tuviera dieciséis años menos. Hay que llegar, y ese es el propósito.

Entro en el puerto de Valencia de noche. Once grados. Se notan en la espera del embarque. Los moteros tenemos un imán: nos juntamos, compartimos silencios y conversaciones, y nos ayudamos en las maniobras. La subida al ferry es espectacular, no deja indiferente.

Han pasado años. Han pasado muchas cosas. Me observo, me pongo a prueba:
—¿Puedo hacer esto?
—¿Puedo hacer lo otro?
—¿Por qué? ¿Para qué?

Y la respuesta siempre acaba siendo la misma: si no lo intento, no lo sabré.

Hay que romper la rutina, sacudirse, enfrentarse a uno mismo. Voy a por la valla de Algaida. Ese metal negro recortado en el cielo de Mallorca lleva demasiado tiempo esperando.

Al desembarcar, lo primero que veo es la luz de Palma mezclada con el mar. Y, casi sin transición, aparece ante mí la Catedral-Basílica de Santa María de Mallorca. No se puede empezar mejor el día. Aquí se juntan el mar y la historia, y uno se carga de energía para recorrer la isla.

Ruedo hacia el este, adentrándome en su interior. La temperatura acompaña y la humedad marina se hace agradable. A mi izquierda, la Tramontana; alrededor, una explosión de verdes y amarillos. El paisaje se salpica de antiguos molinos de viento —molinos de ramell— utilizados para la extracción de agua, con esa forma tan característica que aporta un aire pintoresco a la isla.

 


 

Avanzo paralelo a la MA-15 por vías secundarias, atento, esperando el momento en que aparezca la silueta.

La valla de Algaida mira hacia la puesta de sol. Su metal ha servido muchas veces como lienzo para reivindicaciones, con razón o sin ella. Capas y capas de pintura cubren sus chapas. Hoy la encuentro casi negra.

Es una valla de tamaño medio, de acceso sencillo, tanto en moto como a pie. La visito rodeada de flores, bajo un cielo azul limpio, de esos que solo ofrece una isla en primavera.


 

El viaje a la valla del Toro de Mallorca me ha regalado algo más que una imagen. Me ha permitido descubrir una isla donde el interior y la costa compiten constantemente por sorprender. Siempre hay un lugar al que ir, una carretera que seguir, una curva más. Pueblos que miran al mar… o que viven de espaldas a él, pero que, de un modo u otro, no dejan indiferente.

Y, sobre todo, me ha recordado algo importante:
que el paso del tiempo, la edad o las dificultades no son un freno…
son parte del viaje.

 
MA- 15 KM 24 


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